Dicen que la perfección no existe, sin embargo yo la conocí. Él era la perfección, él sigue siendo la perfección.
Tan perfecto de belleza sobrehumana, tan real que parecía mentira, día a día me empeñé en no olvidar, en recordar cada palabra, cada gesto que de su cuerpo surgiera. Cada día me volví más obsesionada con su perfección, estaba obstinada en no olvidar, en querer grabar como me hacía sentir, en el sonido de su risa fundida con la mía. Algo tan hermoso, tan perfecto, tan mágico y me estaba sucediendo a mi.
Cuantas quisieran y yo lo tuve fue tan mío por un tiempo que ya me estaba asustando, todo marchaba bien. Es el amor te hace ver las cosas de otra manera, te transforma, podes levantarte a las 6 de la mañana habiéndote acostado a las 2 y estar con buen humor y sonreír porque tu última charla fue con él. Te despertas pensando en que le vas a contar esto y lo otro, cada cosa que te pasa intentas acordartela para contarsela, y así en la noche mientras la sonrisa se te asoma le contas todo tu día, cada logro, cada fracaso. Pasan los días y te das cuenta de que tienen mucho en común, más de lo que hubieras imaginado. Pero todo es tan perfecto que asusta.
Las mujeres somos así, tenemos ese sexto sentido que nos hace saber cuando hay que empezar a preocuparse porque nada es para siempre. Después de él, después de haber conocido la perfección no queres aceptar imitaciones, nada se le asemeja, le falta de acá, le sobra de allá, como él no hay dos. Dejó un gran vacío que no sabes con qué llenar y hasta algunas veces pensas "Esto se lo voy a contar a.." y reaccionas de que no podes, que no debes.
No es fácil olvidar, tampoco es fácil aceptar las cosas y mucho menos entender de que todo pasa por algo y que los recuerdos y el tiempo que se disfrutó es lo que hay que llevarse.
Hoy después de un año puedo decir que él es un gran premio que me dio la vida y aunque no duró, si la vida quiere nos va a volver a juntar. Tiempo al tiempo, mi amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario